En política y en póker, las cartas que se tienen deben mantenerse ocultas hasta el momento indicado.
Hay una dialéctica entre esas cartas que el jugador promete tener, a través de gestos, palabras o movimientos de su cuerpo, y las cartas que realmente tiene.
Amenaza con tener cartas que quizás no tenga, pero si sus rivales quieren saber hasta dónde es capaz de llegar hay un precio que deben pagar. Ese precio es el riesgo, la apuesta.
No querremos seguramente aventurarnos a asumir un riesgo tal, si el otro nos ha convencido de que apuesta con cartas buenas. A no ser que también las nuestras sean muy buenas.
Por eso, hay muchos casos en los que las cartas no llegan a mostrarse. Si así sucede somos testigos, entonces, del triunfo de lo teatral, del campo de la realidad, por sobre lo real compuesto por las cartas concretas.
Cuando un jugador se impone sin necesidad de mostrar las cartas, es porque ha logrado convencer a los otros de su superioridad, sin mayor argumento que lo actuado en el campo meta-real. Ha seducido a sus rivales. Los ha engatusado. Los ha hecho temerle.
En política y en póker es posiblemente la inteligencia la condición más importante para sobresalir, pero no debemos desdeñar a la capacidad de actuar bajo presión. Leer más…